Es la historia acerca de un soldado que, durante su servicio, comienza y completa el proceso de conversión. «No puedo enumerar las veces que se me ha preguntado cómo es pasar por el proceso de conversión. No es algo que uno pueda explicarlo en 10 minutos. Por eso decidí trazarlo todo en 240 páginas», explica Sergey Stolbov.
«El libro narra cada paso del proceso y se cuenta desde mi punto de vista: cómo me sentí, cuáles fueron mis opiniones y como me cambiaron».
Regresemos al inicio. ¿Dónde nació?
«Nací en Irkutsk, Siberia, en 1992. Mi madre es cristiana, y también mi padre, pero mi abuelo paterno proviene de una familia completamente judía. Mis abuelos vivieron en otra ciudad y no los visitábamos con frecuencia. Cuando yo tenía seis años y medio, mi padre visitó a su hermano mayor, quien ya se había ido a Israel y estaba residiendo en Netanya. A mi padre le impresionó mucho Israel y la próxima vez que él fue, nos llevó a todos. Después mi mamá también se enamoró del país y nos anunciaron que se había decidido: -¡Nos vamos a vivir a Israel!».
Los Stolbovs llegaron a Israel ese mismo verano. «Era a mediados de agosto, y dos semanas después yo ya estaba comenzando el primer grado sin hablar nada de hebreo. Me pusieron directamente en la parte más difícil de un principio. Era complicado, también desde la perspectiva social, pero le di tiempo al tiempo. En 18 meses dominé el hebreo. Poco a poco fui conociendo la cultura. La primera vez que probé falafel, me encantó. Toda la cultura del bufé, donde la gente se siente afuera y come (algo que ni se oye en Siberia), y la atmósfera muy abierta de Israel influyó en mí y en mi familia. Me encanta la comida israelí, y considerando todas mis preferencias, uno pensaría que soy totalmente israelí. La música, por ejemplo. Realmente disfruto la música mediterránea».
¿Recuerda cuándo escuchó ese género musical por primera vez?
«Una vez, toda la familia fue a jugar a los boliches y se estaba tocando Balbeli Oto de Kobi Peretz. Yo ya entendía la letra para entonces, y lo conecté ciertamente con su identidad israelí y mizrají. En Siberia, por lo general la mayoría de las canciones son textos largos que van acompañados por una melodía, los cantantes cantan menos y leen más. Me gusta que los cantantes israelíes alcanzan las notas altas con un estilo de trinos. Lo que en realidad me intriga, como estudiante de música, son los arreglos que combinan la música israelí y la rusa».
El judaísmo solo atrajo la atención de Sergey en el ejército. «Hasta entonces, yo pensaba que la religión de una persona era solo acerca de lo que ella creía. Durante el entrenamiento, alguien me pidió completar un minyán para las oraciones. [Se necesitan diez varones judíos para completarla]. Dijeron que era una mitzvá y me uní. Pero justo antes de entrar en la sinagoga, me preguntaron: “Espera, ¿eres judío?”, y yo no supe qué responder. No fue hasta cuando dije que mi mamá no es judía, y me respondieron: “Lo sentimos. No eres judío, no puedes completar el minyán». Con eso capté la idea».
¿Comenzó el proceso de conversión enseguida?
«No, la seguía posponiendo. Luego, conocí a una chica cuya familia no me aceptaba, y todo se derrumbó y terminamos. Finalmente me di cuenta de que no podía seguir posponiendo más y comencé el Programa Militar de Nativ».
¿Cómo le fue?
«Llegué con una meta en mente. Era claro para mí que yo no estaba ahí para debatir o examinar algo. Estoy bastante motivado. De verdad disfruté la experiencia. Descubrí mucho más. Aprendí acerca del Shabbat y de la kashrut. Comencé a entender el porqué se dicen ciertas bendiciones. Lo del sábado era lo que me preocupaba en realidad, por todas las cosas que uno no puede hacer, pero mi familia anfitriona era encantadora. Ellos lograron que yo tuviera la experiencia por mí mismo y ver los beneficios. Fui a la sinagoga con el padre de la familia, dijimos las oraciones y hasta comí jraime».
¿Hubo algún problema?
«Cuando tuve mi primera reunión con lo del tribunal rabínico de conversión, fue intenso. Se me dijo que yo no estaba a un nivel suficientemente superior y que tendría que esforzarme para convencer a los rabinos. Dudé de mí mismo, pero a la misma vez esta situación me motivó para continuar. Era un período bastante solemne. Durante los seminarios A y B, la mayoría de las veces fui el cantor porque era importante para mí practicar cuanto fuera posible e ir al tribunal rabínico de conversión sintiéndome bastante seguro».
¿Funcionó?
«No. No pasé la primera vez. Me dolió, y por un corto período perdí la pasión y el entusiasmo. Pero, en retrospectiva, me alegro de que sucedió así. Creo que ese buen sentir que tuve cuando pasé la segunda vez era porque sobrepasé el obstáculo y la depresión que luego seguía. Fue un momento muy poderoso para mí en el proceso».
Hoy, Sergey comparte estas experiencias con los estudiantes del Programa Militar de Nativ. Él imparte sus charlas en lo que se conoce como Panel de conversión. «Cuando yo estaba tomando parte del panel como soldado, un estudiante de yeshivá nos vino a hablar, y vestía una kipá y una tzitzit. Todos nos inquietamos. Pero es importante para los soldados que vean que toda clase de persona ha completado el proceso. Yo represento un punto medio, soy observante pero no uso la kipá. Les hablo al nivel de ellos y trato de mostrarles que no todo es blanco y negro. Nadie puede juzgarlos, ellos necesitan dedicarse a su propia verdad».
Y pronto se publicará su libro.
«Creo que muchos soldados en el programa de Nativ lo hallarán interesante. Vamos a comenzar a venderlo en línea y luego estará en las tiendas y librerías. Lo titulé Segev porque es el nombre judío que elegí durante mi proceso de conversión. Segev significa grandeza, majestad, esplendor. Eso fue el sentimiento que tuve durante el proceso. La mayoría de la gente todavía me llama Sergey, pero yo respondo a ambos nombres».