Con tan solo diez días después que la familia Koskovsky, de origen ucraniano, llegaran a Israel, dieron la bienvenida a su nuevo hijo. Lo llamaron Shlomo, pero claro que todos comenzaron a llamarlo Shlomi. Cuando llegó el momento para que fuera a la escuela, los padres de Shlomi decidieron, que en vez de que su hijo fuera a las escuelas regulares en Afula, lo enviarían a la escuela de artes en la ciudad cercana Migdal HaEmek. Era un centro educativo muy reconocido y con cierto carácter religioso. «Orábamos por el bienestar de los enfermos», recuerda Shlomi.
«También aprendimos sobre las tradiciones judías, pero nada de eso me impactó profundamente. Para cuando era un adolescente, la religión no era parte de mis sueños. Toda mi familia es completamente secular».
¿Cómo describiría su vida en el hogar?
«Se podría decir que está entre Israel y Ucrania. Hablamos hebreo y ruso. Mi mamá es de Ucrania, sus padres viven todavía allá, y mi padre es judío por ambos lados. Sus padres atendieron la sinagoga en Ucrania y tuvieron matzá para el Pésaj, pero para ellos era una cuestión más de cultura que de religión. Hoy viven en Israel. En resumen, hemos perdido contacto con nuestras raíces. En mi familia extensa no hay alguna tradición. Yo escuché un poquito acerca del antisemitismo en la Unión Soviética cuando ellos contaban historias del pasado, pero eso era todo».
¿Le incomodó no ser judío?
«Para nada. No fue hasta que tenía 15 años que experimenté cualquier tipo de racismo en la escuela secundaria Afula que se proyectaba para todos los rusos, sea que fueran judíos o no. Claro, también soy rubio así que eso también era punto de burla. Una vez, unos cretinos me preguntaron si era judío y se sorprendieron cuando les dije que no. No me molestó en realidad. Yo estaba feliz con mi identidad y así era como sentía cuando me alisté en el ejército».
«Formé parte del Cuerpo de Reconocimiento, Inteligencia y Combate en el norte. Desde el mismo inicio, tuve amigos religiosos en el ejército y a ellos nunca les importó que yo no fuera judío. Aunque hubo algunos de esas personas que no necesariamente son religiosos pero que me preguntaban: “Si no eres judío, ¿qué estás haciendo aquí?” Yo siempre les respondí: “Estoy feliz de ser quien soy y orgulloso de ser parte de este país”.
Así es como me siento hoy».
¿Qué lo motivó a convertirse?
«Yo ya creía que quienes nacen aquí, fueron a la escuela aquí y sirvieron en el ejército, son parte del pueblo israelí. Pero quería explorar un lado de mi herencia que no había tenido la oportunidad de explorarla antes. Justo al comienzo de mi servicio militar, me inscribí en el curso de Nativ, y lo completé en un año y ocho meses después. Vine al curso básico con una mente abierta. Fue una experiencia increíble, pues las clases eran verdaderamente profundas. Estudiamos sobre la tradición, historia, filosofía y me interesé en eso. Decidí continuar con los seminarios que eran tan desafiantes como interesantes, con maestros excepcionales que me formaron en lo que hoy soy. Hubo un momento durante los seminarios, entre el Día en Memoria del Holocausto y el Día de la Independencia, cuando hubo una mezcla de regocijo y tristeza, y esa anticipación en el ambiente. Me dio un sentimiento de pertenencia, por lo que pensé que no había forma que yo no fuera parte para nada de eso.
¿Se sintió más cómodo con la religión?
«Sí. Ciertamente me acerqué más al judaísmo en ese momento. Recuerdo la primera vez que observé el sábado. Fue maravilloso. Me encontraba sentado sobre la grama en la tarde, miraba a los niños que jugaban. Sentí como si estuviese en el paraíso. Más adelante, se me hizo muy fácil guardar el sábado. Pasé por esta transformación increíble».
«Al principio, mis padres estaban sorprendidos, pero después ese sentimiento se volvió en gozo y en orgullo también. Eso también me ayudó en los momentos más difíciles cuando servía en la frontera norte, cuando sentí que estaba protegiendo al país y a todos los que viven ahí».
¿Tiene algún consejo para los futuros estudiantes del programa de conversión?
«Investiguen, pregunten, interésense, y no permita que las oportunidades se les escape de las manos. Es una gran oportunidad para descubrir un mundo completamente nuevo de conocimientos, valores y tradiciones que se remontan a miles de años. Sáquenle todo el provecho».