Cuando Jana Prigozhin recibió su primera convocatoria de la FDI cuando tenía 16 años, ella no comprendía porqué se incluía una invitación para participar en el Programa Militar de Nativ.
«Cuando nos fuimos a Israel, yo tenía un año y medio», dice Jana, «y crecí en un hogar judío y sionista. Celebrábamos todas las festividades e íbamos a la sinagoga en Yom Kipur. Siempre me sentí como el resto. Ni siquiera me molestaron en la escuela por el hecho de ser rusa». Fue solo cuando recibió la invitación que su madre le explicó que ella no era judía conforme a la ley religiosa. Pese a estas noticias sorprendentes, Jana no se desanimó. Ella decidió que simplemente iría al programa y todo iba a resultar. Así que cuando se alistó en el ejército, inmediatamente se inscribió en el Programa Militar de Nativ. «Fue muy interesante», cuenta ella. «Disfruté las clases y continué con los seminarios sin dudar. Pero después todo se complicó».
¿Qué sucedió?
«Vivía con mis padres en Netanya para esa fecha y la familia anfitriona que Nativ me encontró estaba en Kibutz Be’erot Yitzhak, a una media hora de distancia en auto. Pasaría todo el Sabbat con ellos, llegaría al kibutz el viernes por la tarde y me regresaría a casa la noche siguiente. Pero la distancia entre mi casa y la de la familia anfitriona causó preocupación entre los jueces del tribunal rabínico de conversión. Por eso no me aprobaron. Me dijeron que tenía que encontrar una familia anfitriona en Netanya y comenzar otra vez. Para mí fue como un gran retroceso. Me dolió muchísimo. De repente, por primera vez en mi vida, sentí que yo no pertenecía».
¿Intentó buscar una familia anfitriona en Netanya?
«No funcionó debido a una u otra cosa. Después de un mes de lo del tribunal, mientras estaba cumpliendo mi deber en el ejército, tuve un grave accidente. Estaba conduciendo un auto de patrulla y choqué con un vehículo que había hecho una vuelta ilegal a la salida de una gasolinera. El pasajero delantero murió. Fue una experiencia bastante traumática. Hubo una investigación y después un juicio».
¿Cómo terminó el caso?
«Me declararon culpable de un delito secundario o menor porque también yo iba a alta velocidad en ese momento. Tuve que hacer servicio comunitario y me suspendieron la licencia por ocho años. La investigación y el juicio duró dos años. Fue extenuante».
¿Qué hizo después que completó el servicio militar?
«Casi lo mismo como todos. Fui a Tailandia y viví en Eilat por un año. Después estudié mercadeo y comunicaciones en el Netanya Academic College, y dos años después tomé un curso para desarrollo personal. Me enseñó mucho de mi persona y del mundo que me rodea. Tuvo un significado importante para mí. Hasta cierto punto, me di cuenta de que era muy importante para mí que yo completara el proceso de conversión. Sentí que me estaba perdiendo algo».
¿Cuándo comenzó el proceso nuevamente?
«Hace un año y medio, con el Programa Civil. En ese entonces, yo estaba viviendo en Ramat Gan y encontré una clase ahí que se acomodaba para mí. Me la tomé muy en serio, con el entendimiento de que requeriría tiempo y esfuerzo. De verdad disfruté la clase. Fue como estar de vuelta en mi hábitat natural El maestro fue excelente, una persona muy atenta, con mentalidad abierta y conocedora. Él habló mucho sobre el desarrollo personal, y en ese momento yo ya habría calificado como orientadora de desarrollo personal, así que él estaba hablando mi idioma. Durante mis estudios, pude refrescar mis conocimientos de lo que había aprendido antes, pero también pude descubrir nuevas cosas. Fue fascinante.»
¿Se llevó bien con su familia anfitriona?
«Esta vez tuve en realidad dos familias anfitrionas, ambas de Ramat Gan. Me iba con una familia los viernes de noche para dar la bienvenida al sábado (Kabbalat Shabbat). Luego me iba a la otra familia alrededor del mediodía el sábado y me quedaba con ellos generalmente hasta la entrega del Shabbat (Havdalá). Cultivamos una gran relación y bastante cercana. Por eso, me acerqué aún más al judaísmo, y me ayudó tremendamente cuando mi abuelo y mi abuela fallecieron, uno tras otro, mientras yo recibía el curso».
¿De qué modo le ayudó?
«Me encontraba en la sinagoga, orando. Honramos shiva (período de duelo de siete días) de la manera apropiada. Me ayudó de verdad a procesar todo y seguir adelante con mi vida».
¿Se sintió nerviosa el regresar al tribunal rabínico de conversión?
«Estaba bastante nerviosa. No pude dormir por tres semanas antes de la audiencia. Me hizo regresar los diez años, al momento en que fracasé cuando estaba en el ejército. Pero todos en mi entorno me ayudaron a calmarme, mis padres, mis amigos y mis familias anfitrionas. Al final, la audiencia en el tribunal salió bastante bien. Mi profesor fue conmigo y su apoyo fue muy importante para mí. I cuando me sumergieron en el mikveh, eso fue muy conmovedor. Ahora, todo eso quedó atrás, pero también es parte de mi vida diaria. Sigo manteniendo contacto con mis familias anfitrionas y todavía las visito casi todos los sábados».